30 de septiembre de 2010
Hoy tengo ganas de matar a alguien. Esa sensación que te recorre el cuerpo cuando la furia llama a tus puertas como los griegos gritaban ante las murallas de Troya. Un día sales a calle y piensas que nada puede salir mal, pues las cosas ya van peor de lo que pensabas. Entonces recibes un puñalada, pero no del frío acero de un asesino sin alma, sino del mundo contra tu interior, tu propia dignidad. Vivir día a día en esta sociedad basada en reglas de comportamiento hace que tu orgullo se pudra y se corrompa de la misma forma que los pulmones se deshacen al tragar el humo del tabaco.
Dignidad, qué rara suena esa palabra estos días. El vocabulario está plagado de conceptos que han sido utilizados por intelectuales, bien llamados comediantes, desde que el hombre es hombre. Libertad, democracia, independencia, autodeterminación, derecho, dignidad... Rezuman inteligencia por sus bocas llenas de espuma. Ojos desorbitados. Manos inquietas. Remueven papales y lucen un diploma de una prestigiosa universidad, mientras que el Estado les premia con un bonito puesto de funcionario, con el que podrán sonreír y codearse con la alta clase, mientras los perros sebosos suplican un poco de atención.
A veces una bala es la solución más rápida. Basta de actuar con discreción. "No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti" es una advertencia con doble sentido. Eso es algo que ningún concepto de diccionario podrá entender jamás. Hoy no podré matar a nadie. La dualidad me lo impide.
Esa es la diferencia entre la moral de un hombre y la moral de los animales. No existe.
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