2 de octubre de 2010.
La gente es un escaparate ambulante. No hay nada que odie más que una persona que miente sobre sí misma. Alguien que fabrica una comedia romántica de su vida para interesar a unos cuantos simios que aprendieron a emitir sonidos en vez de hablar.
Los grupos de analfabetos se reunen como bebés con deficiencia mental en un sanatorio lleno de loqueros. Los enfermos llenan de sedantes sus bolsillos y con la porra les avisan para que no se pasen de la raya dibujada en torno al televisor de plasma.
Normalmente un parásito no intentaría perjudicar a su fuente de alimentos, pero eso es lo más triste de la inmundicia. Ni siquiera saber sobrevivir. ¿Qué importan unas cuantas galerias destrozadas por piquetes si son incapaces de deshacerse de su publicidad insulsa y comercial? Su hipócrita sonrisa cargada de mala conciencia.
La crisis de valores es evidente, pero redundar en ella sólo consigue agravarla, cual delincuente en una prisión de máxima seguridad. La escoria se junta, se chupa las pollas y todo marcha según lo planeado.
El intelectualismo me exaspera. El academicismo me aburre. Este mundo necesita un repaso. El nazismo se lo dio, pero el dinero se impuso a la moral, y ésta quedó sepultada bajo el odio antisemita.
Tiene gracia. Los judíos han sido y son el pueblo más bárbaro de la civilización humana. Ja, un juego de palabras. Después de todo tengo sentido del humor, aunque lo llaman comedia inteligente (la pantomima se la dejamos al profesorado). Otros, racismo intolerante.
Al final del camino, nadie tiene nada que decir. El silencio se impone y entonces es cuando yo suelto palabras. No sonidos. Eso se lo dejamos a la música.